“Una mentira puede recorrer medio mundo mientras la verdad apenas se pone los zapatos.” La frase, atribuida erróneamente durante años a Mark Twain, ilustra una paradoja que hoy resulta más vigente que nunca. En el ecosistema mediático contemporáneo, la velocidad ha desplazado a la verificación y la narrativa suele imponerse sobre la evidencia.
Durante las últimas semanas, tres casos distintos han abierto una discusión incómoda sobre el estado del periodismo mexicano.
El primero involucró a un periodista de El Universal, quien publicó un texto atribuyendo al escritor Carlos Monsiváis una serie de declaraciones sobre el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Cuando surgieron cuestionamientos sobre la autenticidad de esas afirmaciones, el propio medio reconoció que no existía una grabación que las respaldara y terminó retirando la publicación, ofreciendo una disculpa pública.
Poco después, la periodista Leticia Robles de la Rosa, de Excélsior, tuvo que retractarse tras afirmar que Emiliano González —fotógrafo del senador Gerardo Fernández Noroña— era hijo del legislador. La información era falsa. La disculpa llegó después de que la versión ya había circulado ampliamente en redes sociales y medios digitales.
A estos casos se suma otro documentado por AEI Noticias: el presunto robo de documentos de la diputada Eva Moreno Guerra por parte de Abdiel Ortega. Más allá de las implicaciones jurídicas, el episodio plantea una interrogante fundamental sobre la obtención de información, la disputa por el control de los documentos y la utilización política de las narrativas.
A simple vista, los tres acontecimientos parecen independientes, pero en realidad, forman parte de un mismo fenómeno.
La crisis no es el error; es la renuncia a verificar
Equivocarse es una posibilidad inherente al ejercicio periodístico; fabricar certezas sin evidencia es otra cosa.
La objetividad absoluta probablemente no exista. Todo periodista escribe desde una experiencia, una historia y una posición determinada. Sin embargo, precisamente porque el ser humano posee sesgos, el periodismo desarrolló mecanismos para reducirlos: corroborar fuentes, contrastar versiones, conservar evidencia documental, distinguir entre hechos y opiniones y someter la información a procesos editoriales rigurosos.
Cuando esos filtros desaparecen, el periodismo deja de buscar la verdad para comenzar a administrar percepciones. Entonces, el problema no es únicamente publicar una información incorrecta, sino que una vez instalada una narrativa, las rectificaciones rara vez alcanzan la misma difusión que la noticia original.
El poder de decidir quién merece ser creído
Michel Foucault explicó que el poder no solamente reprime; también produce verdad. Los discursos determinan aquello que una sociedad considera aceptable, legítimo o verdadero. Los medios de comunicación ocupan un lugar privilegiado dentro de ese proceso, ya que no sólo informan sobre la realidad; en cambio, también participan activamente en su construcción.
Cada titular, cada fotografía, cada omisión y cada palabra elegida contribuyen a formar imaginarios colectivos sobre quién es confiable, quién representa una amenaza y quién merece el beneficio de la duda.
La subjetividad necropolítica y la administración diferencial de la verdad
En un trabajo reciente sobre psicología criminológica crítica propusimos la categoría de subjetividad necropolítica para describir los procesos mediante los cuales los sujetos internalizan y reproducen jerarquías diferenciadas sobre el valor de la vida. La categoría parte de la necropolítica desarrollada por Achille Mbembe, pero desplaza el análisis hacia la dimensión psicológica: cómo las personas aprenden a normalizar la violencia, aceptar la eliminación de ciertos sujetos y legitimar relaciones de poder que determinan quién merece protección y quién puede ser sacrificado.
Trasladada al análisis de los medios de comunicación, esta categoría adquiere una nueva dimensión. La necropolítica ya no opera únicamente administrando cuerpos, también administra reputaciones Cuando un medio publica una acusación sin pruebas suficientes, cuando atribuye declaraciones inexistentes o identifica falsamente a una persona, produce una forma de violencia simbólica que modifica la percepción colectiva, aunque posteriormente aparezca una aclaración, el daño ya ha sido incorporado a la memoria social.
Desde esta perspectiva, la subjetividad necropolítica puede entenderse como la interiorización de un orden donde algunas personas conservan el derecho a ser escuchadas mientras otras pueden ser desacreditadas con evidencia insuficiente.
El periodismo frente a su propia responsabilidad
Hoy el periodismo enfrenta una disyuntiva histórica. Puede seguir compitiendo por ser el primero en publicar o volver a competir por ser el más confiable. La diferencia parece pequeña, pero define el futuro de la esfera pública.
Porque cuando la evidencia deja de importar y las narrativas sustituyen a los hechos, los medios dejan de informar para convertirse en productores de subjetividades y una sociedad que aprende a aceptar acusaciones sin pruebas, rectificaciones invisibles y reputaciones sacrificables termina normalizando una forma de violencia mucho más silenciosa: aquella que administra diferencialmente la verdad y, con ella, el valor mismo de las personas.
La democracia no sólo necesita libertad de expresión. Necesita medios que comprendan que la verificación no es un trámite editorial, sino el último dique que separa al periodismo de la propaganda.
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