REFUTACIONES POLÍTICAS
Venga a cuento la desdicha de George Orwell, quien, cual Ptolomeo de la moral, se empeñó en describir un cosmos ético donde la “decencia común” era la Tierra inmóvil y sagrada sobre la que todo debía pivotar.
Aquel inglés de pluma honesta, pero entendimiento romo para las categorías, confundió la mansedumbre del hato con una virtud del alma; no vio, o no quiso ver, que lo que él llamaba “decencia” no era sino el éxito del pastor sobre la fiera, una suerte de servidumbre que ya no necesita del látigo porque ha interiorizado el silbato. Orwell, víctima de una astronomía moral de los sentidos, juraba que esa ingenuidad ética del obrero era un bastión contra el tirano, ignorando que es precisamente esa “decencia” el aceite con el que se lubrican los engranajes de la dominación. Es un error de bulto creer que el sentido común es un escudo, cuando no es más que el depósito donde la hegemonía vuelca sus desperdicios para que el pueblo los consuma como si fueran pan propio.
Hoy, ese Gran Hermano que tanto temía el británico ya no viste uniforme de burócrata, sino que se disfraza de algoritmo y habita en la pantalla que el esclavo acaricia con devoción. La “decencia” se ha vuelto una tecnocracia del gesto, una Inquisición de la apariencia donde los nuevos familiares del Santo Oficio Digital vigilan que nadie rompa el decoro del consenso.
¡Oh, siglos de hipocresía, donde se premia la transparencia del escaparate y se castiga la hondura del ser!
Lo que hoy llaman “decencia” es el jubón de castidad que imponen a la palabra para que no preñe de realidad a las conciencias; es una norma huera que prefiere el silencio de la forma a la verdad de la materia. Se nos quiere santos de palo, figuras de retablo que asienten ante la norma mientras la justicia se pudre en los sótanos de la formalidad técnica y el rito vacío de los jueces de academia.
Frente a esta tiranía de los buenos modales algorítmicos, es imperativo postular el derecho a la indecencia. No se trata de la vulgaridad del necio, sino de la insurrección de quien se atreve a ejercer la parresía frente al ídolo.
Reivindicar la indecencia es rescatar el cuidado de sí, esa labor de orfebrería antigua donde el hombre se gobierna a sí mismo con tal rigor que vuelve inútil el catecismo del poder. Es el derecho a ser áspero, a ser singular, a ser mancha de tinta que desfigura el protocolo pulcro de la servidumbre.
El humanismo que de verdad se precie de tal debe bajar al hombre del pedestal de la perfección geométrica para devolverlo al lodo de su libertad material; un humanismo que no se asusta de la carne ni de la contradicción, y que entiende que la verdadera honra no está en seguir la “decencia” de la sumisa masa, sino en tener el coraje de ser indecente ante los ojos de la hegemonía.
Sea nuestra la libertad de no encajar en la métrica del like, de ser opacos ante el ojo que todo lo escruta y de llamar a la injusticia por su nombre, aunque se vista de seda procesal. La decencia es la celda invisible del que teme ser libre; la indecencia es la llave que rompe el candado.
Si para ser humanos se ha de perder el favor de los biempensantes y de los eunucos de la norma, hágase con gusto, pues es preferible la rudeza de la verdad que la elegancia de la mentira. Que se guarden su “decencia común” los que aspiran a ser ganado; nosotros reclamamos la indecencia de los que aspiran a ser señores de su propio destino, pues al final de la jornada, nada hay más indecente para el tirano que una persona que no tiene miedo de mostrarse tal cual es: herética, libre y soberana.
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