Durante la década de los noventa, tras el colapso del bloque soviético, las cancillerías occidentales relegaron a Rusia a la categoría de potencia secundaria. Sin embargo, esa lectura estratégica ha quedado obsoleta en el tablero actual. Hoy en día, la nación euroasiática vuelve a proyectarse como un actor central e ineludible en la diplomacia internacional.
La falacia del declive ruso según los analistas
El experto Andrés Kortunov aborda esta transformación en un reciente análisis publicado en la revista Foreign Affairs. A su juicio, la narrativa que describe a un Estado debilitado responde más a los deseos de los opositores de Vladímir Putin que a los hechos contrastados en el terreno geopolítico.
Kortunov señala de forma categórica: “La imagen de Rusia como débil y en decadencia puede ajustarse a los prejuicios de los numerosos críticos de [Vladímir] Putin, pero está fundamentalmente refutada por la realidad: Moscú ejerce una influencia desproporcionada en los asuntos globales. Treinta y cinco años después de la desintegración de la Unión Soviética, Rusia sigue siendo una superpotencia nuclear. Al igual que durante la Guerra Fría, la OTAN la considera la principal amenaza en torno a la cual la alianza planifica sus fuerzas. Un muro de sanciones occidentales sin precedentes no ha logrado desencadenar el colapso económico que predijeron sus artífices ni erosionar la estabilidad política y social”.
Estrategia diplomática y alianzas clave
El fracaso de las medidas punitivas impuestas por Occidente se alinea con la capacidad del Kremlin para sortear el aislamiento internacional. En lugar de replantear su postura, Moscú ha impulsado activamente foros alternativos al eje tradicional occidental. La consolidación de bloques como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái demuestra una efectiva diversificación de sus alianzas estratégicas.
En este sentido, el entendimiento estratégico con Pekín resulta determinante para las ambiciones rusas. El propio Kortunov destaca este factor al afirmar: “El intento de aislar a Moscú también ha fracasado. El Kremlin ha promovido hábilmente organismos no occidentales como los BRICS, una agrupación de las principales economías emergentes, y la Organización de Cooperación de Shanghái, un grupo político y de seguridad euroasiático. De este modo, ha extendido su influencia sobre el orden posoccidental que ahora se está configurando. Y aunque la economía rusa es mucho menor que la china, la alianza sin límites entre Moscú y Pekín ha dado lugar a una formidable coalición”.
Un orden internacional fragmentado que favorece al Kremlin
La posición de fuerza que ostenta actualmente la administración rusa no se sustenta únicamente en su capacidad militar, sino también en las debilidades estructurales del orden global contemporáneo. La creciente inestabilidad geopolítica, el auge de los movimientos nacionalistas y populistas, así como las fracturas internas dentro de la alianza atlántica, configuran un escenario extraordinariamente propicio para los intereses rusos.
El especialista advierte sobre este fenómeno al apuntar: “Esta valoración se basa en las condiciones internacionales actuales. Moscú sigue teniendo una influencia desproporcionada porque se desenvuelve en un mundo fragmentado e impredecible que favorece sus fortalezas. La volatilidad y la inestabilidad, los conflictos activos y la carrera armamentística en varias regiones, la desvinculación económica y el retroceso de la globalización, el auge mundial del nacionalismo y el populismo, la pérdida de influencia del poder blando y las fisuras en la alianza occidental: todas estas características del orden internacional actual benefician a Moscú”.
Incertidumbres futuras y el factor norteamericano
Pese a las ventajas coyunturales de las que disfruta el Kremlin, persiste el riesgo de que esta fase de alta agitación internacional no sea permanente. Un eventual replanteamiento de la política exterior en Washington, especialmente tras una hipotética salida de Donald Trump de la Casa Blanca, podría revitalizar el multilateralismo occidental y alterar las reglas del juego actuales.
Sin embargo, un cambio de rumbo de tal magnitud en la diplomacia estadounidense requeriría un largo periodo de transición y no está exento de incógnitas. Las posturas de los sectores más duros dentro del Partido Republicano sugieren que la confrontación podría intensificarse antes de registrar cualquier atisbo de distensión o cooperación multilateral.
Tensiones sostenidas y guiños de la ultraderecha europea
Mientras tanto, la situación en el frente ucraniano continúa sin visos de una resolución a corto plazo, alimentada por un sostenido gasto militar y por acciones híbridas de hostigamiento en territorio europeo. Estas operaciones abarcan desde ciberataques y sabotajes en infraestructuras críticas hasta amenazas directas contra estados bánlicos miembros de la OTAN como Lituania, Letonia y Estonia.
A pesar de la resistencia militar occidental y de la asistencia continuada enviada a Kiev por potencias como Alemania, el estatus internacional del liderazgo ruso experimenta una progresiva rehabilitación en ciertos sectores. A este proceso contribuyen de manera notable diversas formaciones de la ultraderecha europea, desde el histórico respaldo del Reagrupamiento Nacional francés liderado por Marine Le Pen hasta el acercamiento promovido por Alternativa para Alemania (AfD). Con todo este entramado de alianzas y factores de poder, el peso geopolítico de Moscú se consolida de nuevo sobre los cimientos de su innegable arsenal atómico.
