La política siempre tiene sus formas, especialmente la buena política. La irrupción del populismo no solo afecta la eficacia, los resultados y el entorno en el que se ejerce el poder, también tiene que ver con las formas. La disrupción que le acompaña afecta la sustancia y la manera de gobernar. Los desplantes de ofensa, calumnia y hostilidad de quien detenta el poder a un particular, periodista o adversario se han vuelto parte del paisaje y ocurre por igual con el populista de derecha y el de izquierda.
El problema mayor surge cuando en el afán de acumular poder se sacrifican la verdad, las buenas maneras y algo fundamental para la civilidad: la legalidad. El populista se declara en guerra contra la libertad de expresión, la crítica al poder y más preocupante, contra el imperio de la ley, en consecuencia, contra la justicia. La presidencia de Trump demuestra este empeño y, aunque en algunos planos y por algún tiempo logra imponerse, en otros y a la larga prevalece la legalidad. Dolorosamente para México, sucedió lo contrario, y esa es la herida mayor de nuestros tiempos: el colapso de la legalidad y su efecto, una justicia sometida al interés político que, en realidad, deja de ser justicia, como revela la impunidad imperante.
En relación con México y la lucha para acabar con el narcotráfico, el gobierno de Estados Unidos plantea dos escenarios: el del carnicero, es decir, la acción violenta, unilateral y de controvertida legalidad; y el del cirujano, que privilegia la legalidad concertada mediante el apego a las normas de ambos países y, especialmente, a los tratados y acuerdos internacionales. Para efectos descriptivos, en el primer plano están las facultades asociadas a la lucha contra el terrorismo; en el segundo, la legalidad convencional que casi siempre ha mediado las relaciones entre ambos gobiernos. Carniceros son el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Stephen Miller. Cirujanos, la dupla del Departamento de Estado: Marco Rubio y Christopher Landau.
Carnicero y cirujano buscan el mismo objetivo: hacer valer los intereses y valores de Estados Unidos frente al mundo. Cambian los medios, y eso significa una gran diferencia. La segunda presidencia de Trump registra numerosos fracasos de costos tangibles e intangibles, como el liderazgo y la reputación global de ese país. La derrota en Irán corre por cuenta de los carniceros; asimismo el logro de haber llevado ante la justicia a Nicolás Maduro.
Hasta ahora, en la política hacia México han prevalecido los cirujanos, lo que no significa que Estados Unidos, como siempre ha hecho, más aún cuando enfrenta riesgos para su seguridad nacional, no emprenda iniciativas subrepticias y unilaterales, como el espionaje en sus múltiples expresiones, hoy más sofisticado por drones, inteligencia artificial y tecnologías de telecomunicaciones. Conviene advertir que el cirujano es un usuario meticuloso de estos instrumentos; el carnicero, en cambio, con frecuencia se equivoca precisamente por su desdén hacia la inteligencia, como lo demuestra la falsa expectativa de que la guerra en Irán sería de días y no prever la vulnerabilidad del estrecho de Ormuz y los efectos de su bloqueo.
México enfrenta un futuro ominoso. Las autoridades mexicanas han logrado imponer la idea de un escenario ajeno a la fractura y a la crisis derivadas de un desencuentro mayor con Estados Unidos. Ha habido descuido por parte de México y, más que eso, un atrincheramiento en la política y en el discurso soberanista como forma de desentenderse de lo que impone el curso de la justicia norteamericana, de conformidad con el tratado de extradición y con los términos diplomáticos de la relación bilateral.
Para el régimen político resulta inaceptable que las exigencias escalen hacia autoridades presuntamente coludidas con el narcotráfico o involucradas en prácticas sancionadas penalmente en Estados Unidos, como la corrupción o el contrabando, más aún cuando existen vínculos con organizaciones criminales relacionadas con la exportación de fentanilo, considerado por las autoridades norteamericanas un arma de destrucción masiva.
El mayor error es asumir que el origen del problema está en Estados Unidos y en sus renovados afanes de control político y económico hemisférico. México debe mirarse en el espejo de la impunidad prevaleciente y de la destrucción de su sistema de justicia. Carniceros o cirujanos, la suerte está echada y, mientras el país no recupere su capacidad para abatir la impunidad, la justicia del otro terminará imponiéndose.