<div>Jeff Sharlet, escritor: "Donald Trump ha conseguido instalar una erotización de la violencia"</div>

El periodista y profesor explora en su nuevo libro las raíces religiosas de la actual política estadounidense, en un intento de comprender la transformación que ha supuesto la eclosión del movimiento MAGA: “Hemos pasado el punto de no retorno. No hay vuelta atrás”
Mark Bray, autor de ‘Antifa’, tras salir de EEUU por amenazas: “Trump tiene un plan fascista; la pregunta es si lo logrará”
Jeff Sharlet cuenta que de pequeño le obsesionaba la idea de la pelea del bien contra el mal, y que eso (y una madre muy creyente) lo llevó a interesarse por la religión. Lleva más de dos décadas investigando y escribiendo sobre ese tema, y en los últimos años específicamente sobre cómo la religiosidad conecta con el poder y la política.
Su best seller La Familia, publicado en Estados Unidos en 2008 y en 2025 en España por Capitán Swing, cuenta cómo descubrió en primera persona el grupo fundamentalista con más poder en Estados Unidos, organizador del Desayuno Nacional de Oración al que asisten todos los presidentes desde Eisenhower, sin excepción. Ahora Sharlet analiza la retórica de fe que rodea al trumpismo y el movimiento MAGA, su conexión con posiciones ultraconservadoras y con las milicias armadas que se preparan para una guerra civil en La resaca. Escenas de una guerra civil parsimoniosa (Cap. Swing).
A la salida de una de sus clases en la universidad Dartmouth College, habla largo y tendido por videoconferencia sobre su viaje al interior de un Estados Unidos que considera protofascista, sobre la crisis del periodismo y sobre cómo la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca nos ha cambiado la vida “a todos”: “Es más fácil dejarse llevar por la estafa que nadar contra ella”.
En su libro La Familia (sobre el que Netflix hizo una serie documental) mostró cómo la supuesta separación entre religión y Estado es eso, simplemente una suposición. ¿La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha exacerbado esa simbiosis?
Absolutamente. Esa relación del establishment político y religioso fue la base del imperio neoliberal estadounidense. Pero Trump cambió las reglas y dejó ese establishment subsumido en un proyecto fascista. Y digo proyecto porque no es un gobierno fascista totalmente consolidado. Trump hoy en día no tiene el control sobre Estados Unidos que tuvo Franco durante su régimen, por entendernos.
¿Y en qué términos se establece esa relación entre Trump y la religión?
Los primeros mítines de Trump, allá por 2016, empezaban con un predicador fundamentalista, pero la prensa política estadounidense e internacional ignoró este detalle. Yo estaba en esos mítines y veía que la mayor parte de la prensa se quedaba en una zona acordonada, convirtiéndose en un mero accesorio de la obra que Trump montaba.
Los predicadores hablaban y la prensa no prestaba atención, pero estaban ocurriendo dos cosas interesantes. Una, que los sermones estaban más a la derecha que cualquier cosa que hubiéramos visto. En segundo lugar, no eran figuras destacadas de la derecha cristiana.
En el mundo de la derecha, los secuestros del ICE se celebran como una virtud. Los mismos vídeos que en la izquierda se ven con horror, en la derecha se consumen con risas, por pura diversión y placer
Había un predicador, un tipo realmente apasionado que animaba a la multitud, del que nunca había oído hablar. Pensé: ¿qué me estoy perdiendo? Pero nunca había oído hablar de él porque no era nadie. No tenía ni siquiera una iglesia. Lo que Trump entendió fue que no le interesaba potenciar otra institución religiosa; solo necesitaba infundir esa retórica en su base de poder.
¿Piensa que Trump supone un cambio en el registro emocional de la política estadounidense?
El imperio estadounidense siempre se ha valido de la violencia, pero se presentaba como inevitable, en plan ‘Oh, lamentamos tener que bombardear tu país hasta hacerlo desaparecer’. Eso ha cambiado. En el primer mitin de Trump del que hablo en el libro, en Youngstown (Ohio), estaba de pie apretujado junto a una pareja de abuelos encantadores, que empezaron a hablar del placer que le daría a él propinarle una paliza al reportero de la CNN. Era un diálogo íntimo cargado de sadismo. Creo que Trump ha conseguido esta erotización de la violencia, y convertirla a la vez en una especie de purificación.
¿Eso explica la tolerancia de los estadounidenses con la aplicación de esa violencia en ataques militares o incluso internamente, como el caso de ICE?
Hemos visto cierta resistencia hacia el ICE, aunque no quiero exagerar su eficacia. No se puede decir que el antifascismo esté ganando esta batalla. Para mí, esa tolerancia tiene que ver con el colapso del periodismo estadounidense: hemos pasado de unos 350.000 periodistas en 2008 a menos de 70.000 hoy en día. Si te adentras en el mundo de la derecha, ves cómo los secuestros del ICE se celebran como una virtud. Los mismos vídeos que en la izquierda se ven con horror, en la derecha se consumen con risas, por pura diversión y placer.
En el libro explora la idea de un “agnosticismo” moderno, donde la verdad no está en los datos sino en un conocimiento personal y “visceral”. ¿Es posible el diálogo democrático cuando una parte de la sociedad considera que los hechos son secundarios frente a las “revelaciones” de internet?
No (risas). Ahora en serio. Hace tiempo que no tenemos ese diálogo y mi libro trata precisamente de intentarlo. Viajar y hablar con gente corriente, pero no para señalarlos como monstruos. Pero es muy difícil.
Por ejemplo, en Marinette (Wisconsin), conocí a Rob Brum, comandante de una milicia ciudadana. Yo estaba fuera sacando fotos de su casa porque tenía una bandera de “Fuck Trudeau”, lo cual me pareció muy internacionalista por su parte, considerando que muchos estadounidenses ni saben quién es el primer ministro de Canadá.
Creo que el gobierno de Trump anticipó más resistencia en las calles de la que encontró”
Él salió y me invitó a pasar. Estaba armado. Entré porque iba armado y yo estaba en su jardín, ¿qué otra cosa podía hacer? Hablamos durante horas en medio de un auténtico arsenal: la mesa de billar estaba cubierta de munición y armas largas. Su hijo de tres años sabía disparar un rifle AR-15. No hubo ni un atisbo de persuasión ni de tergiversación entre nosotros; él sabía quién era yo y yo sabía quién era él. Fue una conversación, pero no una conversación democrática, porque no había intento de llegar a un punto común. Era un intento de conocernos a través de la grieta de esta guerra civil a cámara lenta, en la que una parte se está armando para cuando el conflicto deje de ser lento.
¿Dónde nos encontramos en la cronología de esa “guerra civil parsimoniosa” que da título al libro?
Es una pregunta interesante. Elegí ese título en 2022. Yo llevaba tiempo escribiendo sobre cosas como el movimiento por los derechos de los varones y el Evangelio de la Prosperidad, pero tras el 6 de enero de 2021, con el ataque al Capitolio, sentí que todo cobraba otro significado y que debía reunir todos estos factores en un libro.

En 2023, cuando salió el libro en Estados Unidos, parecía que la guerra civil se estaba acelerando. Es cierto que el trumpismo ha avanzado mucho más rápido de lo que se temía, pero también más lento en ciertos aspectos. Por ejemplo, el ICE es la mayor agencia de este tipo de la Historia y la que más financiación recibe.
Por otro lado, ha ido más lento de lo que algunos esperaban. Si miras el libro de Pete Hegseth [el secretario de defensa, o de Guerra, como se denomina en la Administración Trump, publicó en 2022 Battle for the American Mind (Batalla por la mente estadounidense)] él habla de una “guerra civil fría” y de la necesidad de “calentarla”, utilizando al ejército en las ciudades. Creo que el Gobierno de Trump anticipó más resistencia en las calles de la que encontró. Querían esa pelea para enviar a las tropas, pero no la consiguieron del todo.
Sí consiguieron una mártir para esa guerra: Ashli Babbitt. ¿Qué ha cambiado en Estados Unidos con su muerte?
Es un punto de inflexión. Para dar el paso definitivo hacia el fascismo se necesitan mártires. Primero Trump intentó elevar a otros ciudadanos asesinados por indocumentados, utilizando una retórica de pureza racial. Pero el público no sabía quiénes eran esas personas.
El 6 de enero, Ashli Babbitt murió en televisión, casi en directo. Al principio no se sabía quién la había matado, pero se veían las manos de un hombre negro. Esto conecta con mitos fundacionales como El nacimiento de una nación. Babbitt era la mártir perfecta: rubia, inocente y además veterana del Ejército. Ella mantuvo la ‘cruz’ caliente hasta que Trump fue procesado. Ahora, él es el mártir definitivo: su ficha policial es la nueva cruz.
¿Qué encaje tiene la crisis de la masculinidad tradicional en esta nueva retórica religiosa del trumpismo?
Mi libro anterior, La Familia, empezaba con jóvenes que vivían en una masculinidad fundamentalista que era profundamente sexista pero entendía la cosificación como algo malo. Ahora, la misoginia violenta se ve como una vocación moral, la pastilla roja del ‘despertar’ frente a la Matrix. El caso es que eso que yo veía hace años ya no es un grupo marginal. Ahora es la Casa Blanca. Una reafirmación de valores donde se establece una jerarquía clara: o eres una madre santificada o un objeto sexual invisible.

Incluso una figura del Gobierno como Pete Hegseth, con sus trajes ajustados y sus vídeos haciendo flexiones o dominadas, representa una sexualidad que afirma una jerarquía sádica y emocionante donde al menos sabes cuál es tu lugar. Y Trump… bueno, ya sabemos qué tipo de masculinidad representa.
¿El salto de esta nueva religiosidad es que sus miembros no están atados a la clásica moralidad cristiana?
No creo que estén desconectados de la moralidad. Se trata de una reconfiguración de la moralidad; es decir, ven su expresión de misoginia violenta como una vocación moral.
¿Qué es el Evangelio de la Prosperidad y qué influencia ha tenido en Donald Trump?
Es una tradición antigua vinculada al capitalismo estadounidense, y fundamental en la vida de Donald Trump. Norman Vincent Peale, autor de El poder del pensamiento positivo, era el pastor de la iglesia a la que iba. Se basa en la idea de que puedes visualizar el camino hacia una vida feliz o de éxito.

Un grupo de pastores evangélicos rezan con Donald Trump en el Despacho Oval.
Acabo de oír en la radio que el Gobierno declara por enésima vez su “victoria sobre Irán”. Es ese concepto de “Name it and claim it” (nómbralo y reclámalo) del Evangelio de la Prosperidad: si creo con suficiente fuerza que hemos ganado, así será. Es el equivalente a un remedio milagroso; puede que sea solo alcohol y opio, pero te hace sentir genial aunque no cure nada. Es más fácil dejarse llevar por la estafa que nadar contra ella.
Esta última idea conecta con la ‘resaca’ del libro.
Sí, el título del libro tiene un doble significado. No es solo la resaca tras la fiesta, es la corriente de resaca en el océano que te arrastra. La gente en esas iglesias o milicias no cree en el cambio climático, pero ven que sus cosechas mueren; no creen en la COVID, pero la sufren. Esa corriente subterránea es dolor y duelo, y el deseo de creer en algo.
¿Cómo puede el periodismo romper la barrera esa especie de fe –que muchas veces se convierte en paranoia– en un país donde el presidente ve a los reporteros como enemigos?
No lo sé, quizá mudándose a España (risas). Lo digo en serio: estoy haciendo entrevistas con periodistas españoles que plantean preguntas reflexivas, y me pregunto cuántos periódicos estadounidenses harían algo así hoy en día. Trump ha logrado que el periodista sea visto como el “enemigo interno”, en un sentido fascista clásico, de forma similar a como el zar ruso utilizaba a los judíos o gobiernos anteriores a los comunistas y personas queer.
Hablé con un miliciano, Dave, que está listo para la guerra civil. Dice que se levantarán ‘cuando vengan a quitarnos las armas’. Él lo cree de verdad, no es una metáfora
Es el triunfo del narcisismo: Trump ganó al fomentar el odio total hacia el “enemigo del pueblo”. Esa desconfianza está ahora en todas partes, incluso en la izquierda. Es una espiral de muerte y no tengo ni idea de cómo detenerla.
¿Cree que estamos cerca de un punto de no retorno?
Ya lo hemos superado. No hay vuelta atrás. Cuando volvamos a la orilla, no será la misma playa. Las decisiones de Trump han cambiado el futuro de todos. No volveremos a la visión de una transición pacífica del poder.
Tras recorrer el país y escuchar tantas voces de ira, ¿encuentra algún atisbo de imaginación o solidaridad que permita pensar en un cambio a mejor?
Sí, pero a largo plazo. El año pasado estuve en Idaho, el estado más de derechas del país. Incluso allí, en Coeur d’Alene —un bastión del neonazismo—, vi a gente con mucho valor. Todo el mundo va armado allí, no solo la derecha. Entrevisté a una exconcejala de derechas que había sido expulsada por no ser “suficientemente radical”. Me explicaba que siempre se sentaba de espaldas a la pared por seguridad.
Sé que suena horrible, pero encuentro esperanza en el reconocimiento de que esto es insostenible. En Rifle (Colorado), el pueblo de la congresista Lauren Boebert, hay un restaurante donde las camareras visten como en Hooters pero llevan un revólver en la cadera. Hablé con un miliciano, Dave, que está listo para la guerra civil. Dice que se levantarán ‘cuando vengan a quitarnos las armas’. Él lo cree de verdad, no es una metáfora. Es abrumador, pero es la realidad que debemos medir para encontrar una nueva democracia.