El impacto de la violencia en la juventud mexicana
El asesinato de Claudia Tacoronte, una estudiante española de 21 años que realizaba un intercambio académico en la Universidad Autónoma de Morelos, ha vuelto a poner sobre la mesa la grave crisis de seguridad que atraviesa el país. La joven perdió la vida en Cuautla durante un aparente asalto en el que, al defenderse, fue atacada con un arma blanca. Este lamentable suceso refleja una problemática mucho más amplia que trasciende el ámbito judicial: la alarmante normalización de la violencia letal dirigida contra las nuevas generaciones.
Desde hace aproximadamente 30 años, México arrastra un profundo deterioro en su cohesión social, su estado de derecho y sus capacidades institucionales. Esta degradación ha provocado que tres generaciones sufran la interrupción violenta de sus trayectorias de vida antes de alcanzar la plenitud. De acuerdo con datos del INEGI, los homicidios se consolidaron como la principal causa de muerte en el sector poblacional de 15 a 34 años, agravándose con el hecho de que siete de cada 10 de estos crímenes se perpetran con armas de fuego.
Especialistas advierten un problema estructural
Diversos analistas coinciden en que una alta incidencia de homicidios juveniles durante un periodo aislado responde a una falla de seguridad coyuntural. Sin embargo, cuando este fenómeno se sostiene a lo largo de una década y se concentra en determinados grupos de edad, sectores sociales y regiones específicas, el problema adquiere una dimensión profundamente social y política. Las entidades más golpeadas por esta espiral de fuego han sido históricamente Guanajuato, el Estado de México, Chihuahua, Baja California y Sinaloa, territorios marcados por disputas territoriales del crimen organizado y guerras entre cárteles.
Ante esta realidad, el investigador José Manuel Valenzuela Arce, adscrito al Colegio de la Frontera Norte, acuñó en 2012 el concepto de “juvenicidio”. Esta categoría teórica analiza cómo los asesinatos de jóvenes no constituyen hechos aislados, sino parte de una eliminación sistemática que genera la normalización de la violencia. Frases recurrentes como “andaban en algo” han funcionado históricamente para deshumanizar a las víctimas, culpabilizarlas y transformar una anomalía social en un componente cotidiano del funcionamiento del país.
Estrategias de seguridad y su correlación con la mortalidad
La evolución de los homicidios en este sector demográfico ha estado estrechamente vinculada a las políticas públicas implementadas por las distintas administraciones federales. Mientras que en el sexenio de Vicente Fox los indicadores no encendieron alertas rojas debido a la ausencia de un combate frontal a las organizaciones criminales, la estrategia de intervención militar iniciada por Felipe Calderón para recuperar territorios provocó un repunte drástico en las estadísticas de letalidad a partir de mayo de 2011. La posterior administración de Enrique Peña Nieto optó por abandonar dicha ruta, lo que derivó en un repunte de la violencia durante la segunda mitad de su gestión.
Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, la incidencia delictiva se mantuvo en niveles elevados. Hacia el final de ese periodo, si bien se registró una disminución en los homicidios de hombres jóvenes de 15 a 24 años —desplazados al segundo lugar por detrás de los accidentes de tránsito—, el sector de 25 a 34 años continuó encabezando la lista de mortalidad por agresiones intencionales. Actualmente, la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta el reto de contener esta crisis mediante enfoques que combinan la atención a las causas estructurales con operativos de seguridad focalizados.
La pérdida de empatía social
Más allá de las cifras y las estrategias gubernamentales, el fenómeno del juvenicidio expone un mecanismo de adaptación social alarmante: la sociedad primero se horroriza, posteriormente se acostumbra y finalmente deja de cuestionar. La muerte violenta de miles de jóvenes mexicanos se ha deshumanizado al reducirse a meras estadísticas. A diferencia de lo que ocurre cuando las víctimas pertenecen a sectores privilegiados o poseen nacionalidades extranjeras —como el caso de la estudiante española—, las muertes anónimas en las calles mexicanas reflejan un daño colectivo profundo y un futuro truncado para el país.
