Un giro inesperado en la política exterior
La reciente ofensiva del gobierno de Javier Milei en torno a la causa Malvinas ha dejado al descubierto una notable contradicción en su estrecha alianza con Israel. Mientras el mandatario argentino endurece su postura frente a las operaciones de la firma energética Navitas Petroleum en el archipiélago, figuras de la ultraderecha israelí han comenzado a respaldar públicamente los reclamos soberanos de Buenos Aires sobre las islas bajo dominio británico.
Durante casi dos años, la administración libertaria mantuvo una actitud pasiva frente al avance de los negocios extractivos en el Atlántico Sur. Sin embargo, la reciente imposición de sanciones contra la compañía israelí marca un punto de inflexión. Esta medida se produce en un contexto de alineamiento estratégico con Donald Trump, luego de que el expresidente estadounidense insinuara una posible revisión del respaldo de Washington a Londres en este diferendo.
Intereses corporativos y cruces políticos
El proyecto petrolero en cuestión, denominado Sea Lion, se encuentra a unos 220 kilómetros al norte de las islas y representa uno de los desarrollos offshore más importantes de la región. La sancionada Navitas posee el 65 % de participación, mientras que su socia británica Rockhopper retiene el 35 % restante. Pese a las penalizaciones, analistas internacionales dudan de que este conflicto comercial logre fracturar el vínculo político entre Milei y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
Por su parte, sectores radicalizados de la política israelí han aprovechado la coyuntura para enviar mensajes sobre la soberanía insular. El ministro de Seguridad, Itamar Ben-Gvir, solicitó formalmente al gobierno de su país que reconozca el territorio argentino, al tiempo que Yair Netanyahu, hijo del primer ministro, publicó en redes sociales la frase: “Las Malvinas pertenecen a Argentina”.
Reacciones y lecturas geopolíticas
Diversos especialistas coinciden en que las declaraciones de las figuras afines a la extrema derecha israelí responden más a un desgaste en la relación diplomática entre Tel Aviv y el Reino Unido que a un genuino interés por el Atlántico Sur. El excanciller argentino Rafael Bielsa restó dramatismo al asunto al señalar que se trata de “solo chisporroteo de coyuntura”, recordando que los vínculos entre británicos e israelíes se han deteriorado notablemente debido a los asentamientos en Cisjordania.
En la misma línea, el analista político Darío Teitelbaum cuestionó el rol de Navitas y la tardanza en la reacción estatal argentina. “El Estado de Israel tiene un nivel bajo de intervención respecto a la empresa Navitas”, puntualizó, al tiempo que advirtió sobre la paradoja de que Ben-Gvir hable de territorios ocupados cuando es uno de los principales impulsores de la expansión en Judea y Samaria.
Por su parte, el experto Daniel Kupervaser analizó el vínculo bilateral desde una óptica pragmática y señaló que “Israel necesita votos en los organismos internacionales que lo apoyen en su política en Medio Oriente”. En este escenario de tensiones y expectativas pendientes, como la futura apertura de rutas aéreas y el posible traslado de la embajada argentina a Jerusalén, el mandatario autodenominado como el “más sionista del mundo” continuará su agenda internacional llevando el reclamo por las islas ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
