En 1982, al terminar la universidad tomé un año sabático. Seguiría una vida aburrida como financiero en las empresas de mi padre. Escogí visitar San Francisco sin ningún motivo en particular. Tiempo después, entendí que fue una suerte de destino, la vida no me había enseñado el otro lado de la moneda.
Alquilé departamento en un edificio aparentemente bohemio. En realidad, era un suburbio pobre lleno de grafitis. Estaba cerca del Golden Gate y de un parque que acostumbraba a visitar por las tardes.
Allí conocí a Moriarty. El estado le pagaba un departamento. Era un vagabundo andrajoso que usaba corbata. Compartíamos banca con vista a la bahía, acostumbrábamos a alimentar palomas. Platicábamos del clima, política, deportes y música. Me contó su vida mientras bebía sorbos de whisky barato metido en bolsa de estraza. Me contó sus negocios editoriales fracasados, del abandono de su esposa, de su soledad y del alcohol, su único refugio.
Un par de ocasiones platicamos de literatura, me sorprendió su conocimiento, desde los clásicos hasta los poetas vanguardistas. Nunca imaginé, ni tampoco me dijo, que le gustara escribir. A veces, antes de irme, le daba unas monedas que Moriarty recibía distraídamente, las guardaba hasta completar para una nueva botella.
La última vez que lo vi, acababa de llover. Un domingo a mediados de febrero. Se veía inquieto. Llevaba días sin probar alcohol.
—Hoy leí un poema de Borges que habla sobre la muerte, —me dijo tembloroso, preocupado y en tono extraño—, ¨Si muero, el universo muere conmigo¨.
—Bueno, a Borges le gusta retar. Es una paradoja —le dije sonriente. El escritor argentino era mi preferido.
—No, es cierto, si yo muero el universo se termina. Todo deja de existir.
Moriarty me miró con ojos afiebrados. Confieso, me sentí un poco incómodo, su cabello apelmazado reforzaba su delirio. Eludí su mirada, me concentré en observar la llovizna leve sobre la bahía.
Aquel hombre concordaba fanáticamente con la propuesta del poeta. Lo que yo consideraba un juego intelectual, para él era de vida o muerte. El siguió insistiendo.
Al obscurecer, me dijo que tenía un pendiente y no podía llevarse la caja que tenía sobre la banca, de esas que se utilizan en las panaderías para empacar pasteles. Me la dejó.
—Mañana, si no es inconveniente, pasaré a recogerla —dijo antes de retirarse.
Aquella ocasión fue la última vez que ví a Moriarty. Nunca regresó al parque o al departamento.
Tiempo después apareció el administrador del edificio con su llave maestra, abrió el departamento de Moriarty y retiró sus pertenencias. Escuché que alguien nuevo había rentado. Al salir me enseñó un recorte de periódico.
Moriarty se había arrojado del puente. Se había suicidado.
Recordé la caja, la había guardado en mi armario.
Fui por ella y encontré el manuscrito.
La portada decía: Poema del adiós e iniciaba con un epígrafe de Borges.
No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
El resto era un largo poema. 365 estrofas numeradas por fechas en cuenta regresiva. Ejemplifico con algunos fragmentos:
Marzo 21
Jueves por la mañana.
Soñé que caminaba en la playa
alguien iba conmigo
mis ojos estaban nublados
saturados de lágrimas enredadas
tropezaba con las rocas húmedas
sólo el sonido de las olas a lo lejos
escondía el movimiento lento de la luna.
Noviembre 25
El lunes muere lento
Hoy caminé por el puente
La muerte es mi compañera.
La gente se muere
y ya. No hay más
nada. solo el vacío
el limbo eterno de la nada.
Abril 8
Miércoles con luna llena
Soy una sombra sin cuerpo,
soy una sombra,
una sombra,
me arrastro en el suelo,
trepo las paredes,
dibujo geometrías alucinantes.
Leí el manuscrito de un tirón. Al final, ¿hay un dialogo con la muerte?
Duermo con los peces
en la bahía de la soledad hiriente
me ves desde lejos
te burlas mientras rezo un avemaría
en medio de los lagos de esperanza
me abrazas con ceniza y barro
sonidos de grillo que agoniza
repiquetean mi cabeza
te vas
creyendo que defiendes lo que matas.
Busco en las confluencias de los dones
las razones que me acerquen a ti
pero estoy lejos y no puedo regresar.
Han pasado años desde que conocí a Moriarty. Cuando regresé a Ciudad de México, traje conmigo el manuscrito. De cuando en cuando lo saco de su misma caja. Me sirvo un vaso de whisky GlenAllachie, añejado por veinticinco años y leo, para visitar un mundo diferente. El mundo de Moriarty, un hombre atormentado que cada día sentía que su vida se complicaba hasta no poder soportarla y querer terminar con todo.
A veces pienso que Moriarty no existió y en esa banca, mientras contemplaba la bahía, mi único acompañante era yo mismo escribiendo de un futuro probable.
*Este cuento viene incluido en el libro del mismo nombre ‘Los días contados’, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (2025). Agradecemos las facilidades para compartirlo.
El cargo “Los días contados”, un cuento del escritor tijuanense Alberto García Zatarain apareció primero en NÓMADAS.