Donald Trump ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer: provocar. Esta vez no sólo lanzó descalificaciones contra México y la presidenta Claudia Sheinbaum, sino que también se permitió cuestionar y ridiculizar a otros líderes mundiales, entre ellos la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. No es una novedad. Es parte de un estilo político basado en la confrontación permanente y en la necesidad de construir enemigos externos para alimentar su narrativa interna. Pero una cosa es la política y otra el respeto entre naciones.
Cuando Trump afirma que los cárteles “controlan México” o insinúa que la presidenta Claudia Sheinbaum es una mujer temerosa, no está insultando únicamente a una persona. Está descalificando a un país de casi 130 millones de habitantes y desconociendo la compleja relación histórica, económica y estratégica entre ambas naciones. La propia presidenta respondió con serenidad, afirmando que el mandatario estadounidense simplemente “no está bien informado”. Una respuesta prudente, inteligente y que evita alimentar una confrontación que a nadie conviene. Más allá de simpatías partidistas, esa postura merece respaldo. Porque una cosa es cuestionar las políticas de seguridad de un gobierno, y otra muy distinta es aceptar que un presidente extranjero trate de reducir a México a una caricatura dominada por criminales.
Los mexicanos sabemos que existe un grave problema con la violencia y los cárteles. Nadie sensato puede negarlo. Pero también es cierto que la responsabilidad es compartida. Estados Unidos es el principal mercado consumidor de drogas del mundo y desde su territorio llegan miles de armas que fortalecen a las organizaciones criminales. La cooperación, y no la arrogancia, es la única vía para enfrentar un fenómeno que trasciende fronteras. Incluso funcionarios estadounidenses han reconocido que la cooperación bilateral en materia de seguridad atraviesa uno de sus mejores momentos.
Trump insiste en la idea de una intervención más agresiva y ha cuestionado reiteradamente la negativa de México a aceptar tropas estadounidenses en territorio nacional. La respuesta de Claudia Sheinbaum ha sido firme: cooperación sí, subordinación no. La soberanía no es negociable. Y es ahí donde desaparecen los colores partidistas.
Quienes votaron por Claudia Sheinbaum y quienes no lo hicieron deberían coincidir en algo elemental: el presidente de Estados Unidos no tiene derecho a faltar al respeto a México. La crítica interna es legítima. La oposición es necesaria. Pero cuando se trata de la dignidad nacional, las diferencias deben quedar en segundo plano.
La historia demuestra que las relaciones entre México y Estados Unidos han sobrevivido a presidentes, crisis y desencuentros. Trump pasará. Como pasaron otros antes que él. México y Estados Unidos permanecerán.
Paradójicamente, mientras el país vive la pasión del Mundial de 2026 y millones de mexicanos celebran unidos los triunfos de la Selección Nacional, llega desde Washington un discurso que pretende dividir, desacreditar y reducir a México a sus problemas. No. México es mucho más que eso.
México es una nación con instituciones, con una economía que es una de las más importantes del mundo, con una relación comercial estratégica con Estados Unidos y con millones de hombres y mujeres que todos los días trabajan, producen y sacan adelante a sus familias.
Claudia Sheinbaum no necesita que todos pensemos igual para defenderla cuando es atacada desde el exterior. Lo que sí necesita México es que recordemos que, por encima de ideologías y partidos, está el respeto a nuestra soberanía. Porque las elecciones dividen. Pero la dignidad nacional debería unirnos.