Hay políticos que se suben a tribuna a fijar postura, y hay otros que se suben a hacer el ridículo. Ayer, el senador Juan Carlos Loera decidió que lo suyo no era la prudencia ni la verificación de datos, sino el espectáculo involuntario.
Con tono incendiario —ese que ya es marca registrada— Loera arremetió contra el Gobierno del Estado por “ocultar” la supuesta participación de agentes de la CIA en un operativo en la sierra de Chihuahua. La acusación, de por sí delicada, ameritaba algo más sólido que intuiciones o discursos prefabricados. Pero no: el senador llegó armado con lo que creyó era la prueba reina… una imagen.
El problema es que la famosa “evidencia” no era otra cosa que una imagen generada con Inteligencia Artificial que ya circulaba en redes como ejemplo de desinformación. Es decir, mientras medio internet debatía si era real o falsa, Loera ya la estaba elevando a categoría de prueba en el Senado. Ni verificación básica, ni contraste de fuentes, ni el mínimo filtro de sentido común.
El resultado fue predecible: lo que pretendía ser una denuncia seria terminó convertido en un episodio digno de meme. Porque no hay forma elegante de sostener una teoría cuando el sustento se desmorona con una simple búsqueda en Google.
Pero lejos de recular, el senador optó por doblar la apuesta. Después del tropiezo, vino el clásico despotrique: más ataques, más volumen, más indignación. Como si gritar más fuerte pudiera compensar el vacío de fondo. Una estrategia que, hay que decirlo, ya empieza a sentirse reciclada.
Este episodio no solo exhibe a un político, sino una forma de hacer política: reaccionaria, apresurada y profundamente desconectada de la realidad digital actual, donde la desinformación no se combate replicándola desde la tribuna. Porque si algo quedó claro, es que no fue el Gobierno del Estado el que quedó mal parado en esta historia.
Fue el propio senador, que en su intento por golpear, terminó tropezando… y además en público.
Y sí, fue un “oso”. Pero de esos que no se olvidan tan fácil.
La Secretaría del Ayuntamiento de Chihuahua y la Subsecretaría de Gobernación del Estado de Chihuahua parecen no voltear a ver lo que ocurre en pleno corazón de la ciudad. Los estacionamientos del centro cobran como si ofrecieran un servicio de primer nivel, pero operan con carencias que rayan en lo absurdo: no hay baños.
No es un detalle menor ni un capricho. Es una necesidad básica. Y cuando esa necesidad se ignora, pasan cosas que no deberían pasar: usuarios obligados a hacer sus necesidades entre vehículos, escenas incómodas, insalubres y completamente evitables. Cobrar caro sin ofrecer lo mínimo es, simple y claro, una falta de respeto. Si el Ayuntamiento exige permisos y regula cada metro cuadrado, también debería exigir condiciones dignas. Porque la autoridad que cobra pero no supervisa, también es responsable.
Donde el descuido ya no es molestia sino decepción es en la Ciudad Deportiva de Chihuahua. Bajo la gestión de Teporaca Romero, el deterioro es evidente: áreas infantiles destruidas, caucho desgastado, maleza crecida y estructuras de madera que parecen más reliquias que espacios funcionales.
Y aquí el problema pesa más, porque afecta a quienes menos margen tienen: niños y adultos mayores. Espacios que deberían ser seguros hoy representan riesgos. Lo que antes, con perfiles como Luis Alfonso Rivera Campos o Juan Pedro Santa Rosa, se mantenía en condiciones aceptables, hoy luce abandonado.
Cuando salir a jugar o caminar implica esquivar peligros, ya no es un tema de mantenimiento: es una política pública fallida. Y lo peor es que no parece haber prisa por corregirlo.
En otro frente, el espectáculo fue distinto pero igual de revelador. En Casa Chihuahua Centro de Patrimonio Cultural, durante la entrega de reconocimientos por declaraciones patrimoniales, el maestro Zendejas convirtió el evento en una exhibición de halagos.
Más que reconocer el cumplimiento de una obligación legal —porque eso es, cumplir la ley—, el acto se transformó en una pasarela de elogios a la burocracia. El mensaje de fondo fue inquietante: aquí se premia lo mínimo y se aplaude lo obligatorio.
La escena retrata una cultura institucional donde el mérito no está en transformar, sino en quedar bien. Donde el talento no es gestionar mejor, sino saber a quién adular. Y así, entre discursos complacientes, la función pública se vuelve un teatro donde todos se felicitan… mientras los problemas siguen afuera.
Mientras tanto, en los pasillos del poder, el relevo en la Fiscalía ya no es especulación, es antesala. Tras la salida de César Jáuregui Moreno y con Francisco como interino, todas las miradas apuntan a un nombre: Wendy.
Su perfil no es casualidad. Viene de la Fiscalía Especializada de la Mujer y ahora carga con un caso delicado por su dimensión internacional, el de los agentes de la DEA fallecidos en la sierra. Su eventual nombramiento mandaría dos mensajes claros: continuidad en temas sensibles y un giro político al colocar a una mujer con experiencia en delitos de género al frente de toda la estructura.
Aquí no hay mucho misterio. Si nada se descarrila, la decisión parece tomada. Y como suele pasar, no será el anuncio lo que sorprenda, sino la confirmación de lo que ya todos sabían.