Tenemos que producir futuro
La presidenta de México presentó los nuevos proyectos del Plan México como una apuesta para detonar el crecimiento en el nuevo contexto global: corredores industriales vinculados al nearshoring, inversiones en infraestructura logística —puertos, trenes y carreteras—, ampliación de la capacidad energética con énfasis en soberanía, y programas para fortalecer proveedores nacionales dentro de las cadenas de valor.
El anuncio, rodeado de cifras ambiciosas y un lenguaje de oportunidad histórica, buscó proyectar a México como un nodo clave de la relocalización productiva en América del Norte. Sin embargo, una pregunta de fondo quedó flotando en el ambiente: ¿lograrán estos proyectos transformar la estructura productiva del país?
Recuerdo que, en uno de los grupos de estudio de alguno de los cursos de la maestría en Harvard, uno de mis compañeros, que venía de un país de Europa del Este, decía que las sociedades no se desmoronan por falta de ideas, sino por aferrarse demasiado tiempo a las ideas equivocadas. México no está estancado por falta de oportunidades. Tal vez está estancado por una idea equivocada del desarrollo.
Durante décadas, la narrativa era aparentemente impecable: abrir la economía, integrarse al mundo, atraer inversión, exportar manufacturas y, con el tiempo, el crecimiento llegaría por derrame. Fue una estrategia disciplinada, coherente y, durante algunos años, efectiva.
Pero hoy sabemos que ese modelo ya no alcanza. Y, sin embargo, seguimos actuando como si todavía fuera suficiente. Ahí está el núcleo del problema. México no se está quedando atrás por falta de talento, ni de geografía, ni de geología, ni de acceso a mercados. Se está quedando atrás porque insiste en un modelo económico que el mundo ya superó.
El nuevo libro del profesor de Harvard, Dani Rodrik, Shared Prosperity in a Fractured World: A New Economics for the Middle Class, the Global Poor, and Our Climate, ofrece una de las explicaciones más contundentes de este fenómeno. Su tesis es simple pero devastadora: el paradigma de la globalización basado en eficiencia, apertura y exportaciones dejó de producir prosperidad compartida. Y quienes no lo entiendan, quedarán atrapados en un crecimiento mediocre, socialmente frágil y políticamente inestable.
El error de diagnóstico
Rodrik plantea que el mundo enfrenta tres desafíos simultáneos: reconstruir la clase media, reducir la pobreza global y enfrentar el cambio climático. El error de las últimas décadas ha sido tratarlos como problemas separados, cuando en realidad son uno solo: un problema de transformación productiva.
Sin una estrategia integrada —advierte— se generan “trade-offs crueles”: crecimiento que destruye empleos, políticas climáticas que generan pobreza, o expansión económica que erosiona la democracia.
México ha caído exactamente en esa lógica. Se ha concentrado en crecer —aunque sea poco— sin preguntarse qué tipo de crecimiento genera. Se ha integrado al comercio global sin construir una base productiva amplia. Ha promovido inversión, pero sin garantizar que esa inversión cree empleos de calidad o fortalezca el tejido social. El resultado es un país que exporta más que nunca… pero crece menos que nunca.
La ilusión manufacturera
Durante años, la gran promesa fue clara: la manufactura exportadora sería el motor del desarrollo. Y durante un tiempo lo fue. Pero ese modelo tal vez está llegando a su límite. La automatización, la competencia global y la fragmentación de las cadenas de valor han reducido su capacidad de generar empleos masivos. Incluso en los países más exitosos, su poder de inclusión es hoy mucho menor.
México, sin embargo, sigue apostando a esa carta. El nearshoring ha reavivado el entusiasmo. Se habla de una oportunidad histórica frente a la rivalidad entre Estados Unidos y China. Y lo es. Pero también es incompleta. Porque la pregunta clave no es si llegará inversión. La pregunta es otra: ¿qué tipo de país se construye con esa inversión?
Hoy, la manufactura en México opera en gran medida como un enclave: altamente productiva, integrada a cadenas globales, pero desconectada del resto de la economía. Genera valor, pero no necesariamente lo distribuye. Exporta, pero no necesariamente transforma.
Y mientras tanto, la mayoría de los mexicanos sigue trabajando en sectores de baja productividad: comercio informal, servicios precarios, economías locales sin escalabilidad. Ahí está la verdadera fractura.
El futuro está en los servicios
Una de las ideas más disruptivas del libro de Rodrik es que los empleos del futuro no estarán en la manufactura, sino en los servicios. No en los servicios sofisticados de élite, sino en aquellos donde trabaja la mayoría: comercio, logística, cuidado, alimentación.
El problema es que esos sectores son hoy poco productivos. Y ahí está la nueva frontera del desarrollo: no mover trabajadores hacia sectores modernos, sino elevar la productividad donde ya están.
Esto implica un cambio radical de enfoque: dejar de pensar el desarrollo como un proceso “de arriba hacia abajo” —basado en grandes empresas exportadoras— y comenzar a construirlo “de abajo hacia arriba”, fortaleciendo pequeñas y medianas empresas, difundiendo tecnología, profesionalizando servicios y mejorando capacidades locales.
México ha hecho exactamente lo contrario. Ha privilegiado grandes inversiones y grandes proyectos, pero ha descuidado el ecosistema donde realmente se juega el futuro de la productividad. En otras palabras: hemos construido una economía moderna en la superficie… sobre una base profundamente rezagada.
La clase media que no llegó
Rodrik insiste en que la clase media no es solo un resultado económico; es una condición política. Sin empleos dignos, estables y bien remunerados, la democracia se debilita. Surgen la polarización, la desconfianza, las soluciones de corto plazo.
México vive esa paradoja. Ha logrado estabilidad macroeconómica, pero no movilidad social. Ha profundizado su integración global, pero no ha generado prosperidad para todos.
El país evitó crisis profundas. Pero no logró construir una clase media robusta. Y sin clase media, el sistema político se vuelve frágil. El problema no es ideológico. Es estructural.
El país que confundió apertura con estrategia
Otro de los puntos centrales en el libro de Rodrik es su crítica a la hiperglobalización: un modelo donde la integración se convierte en un fin en sí mismo. Su propuesta es una globalización más pragmática: menos rígida, más flexible, más compatible con las necesidades nacionales.
México, en cambio, internalizó una versión rígida de apertura: reglas claras, disciplina macro, integración comercial… pero poca capacidad de acción estratégica. Fue un excelente alumno de la globalización. Pero un mal arquitecto de su propio desarrollo.
El gran ausente: el Estado productivo
La lección más importante del libro es que el desarrollo no ocurre espontáneamente. Se construye. Rodrik no propone un Estado omnipresente, sino un Estado inteligente: capaz de experimentar, coordinar, aprender y corregir. Un Estado que trabaje con el sector privado para resolver problemas concretos, identificar oportunidades y escalar soluciones.
México no tiene ese Estado. Tiene, en cambio, una mezcla de desconfianza histórica hacia la política industrial y una capacidad institucional limitada para implementarla bien. El resultado es un vacío estratégico: ni mercado plenamente funcional, ni Estado eficaz. Y en ese vacío, otros países avanzan.
La oportunidad que se está perdiendo
El mundo está entrando en una nueva fase: reconfiguración de cadenas de valor, transición energética, revolución tecnológica, tensiones geopolíticas. Es una oportunidad extraordinaria para México. Pero solo si entiende que el juego cambió.
No basta con atraer inversión. Hay que transformarla en desarrollo. No basta con exportar más. Hay que crear más valor interno. No basta con crecer. Hay que crecer mejor.
Rodrik lo dice con claridad: el futuro de la prosperidad depende de la capacidad de los países para rediseñar sus estrategias productivas en torno a empleos, sostenibilidad y cohesión social. Tenemos que hacer ese rediseño.
El riesgo silencioso
El mayor peligro para México no es una crisis. Es algo más sutil: crecer sin desarrollar. Aumentar exportaciones sin aumentar productividad general. Atraer inversión sin generar empleos de calidad. Integrarse al mundo sin fortalecer el mercado interno.
Ese es el espejismo. Y es un espejismo peligroso, porque da la ilusión de avance mientras el rezago estructural se profundiza.
Producir futuro
La pregunta no es si México puede crecer más. La pregunta es otra: ¿sabemos cómo crecer en el mundo que viene?
Porque el modelo que nos integró al mundo ya no garantiza prosperidad. Y el nuevo modelo —basado en productividad de servicios, política industrial inteligente y reconstrucción de la clase media— aún no forma parte del consenso nacional. Ahí está el verdadero rezago.
Las naciones no fracasan por falta de recursos. Fracasan por falta de visión. México no está condenado a quedarse atrás. Pero sí está en riesgo de hacerlo si no abandona sus viejas certezas.
Rodrik ofrece una brújula. No una receta, pero sí una dirección: reconstruir la economía desde la base productiva, desde los empleos, desde las personas.
En última instancia, el desarrollo no es una ecuación macroeconómica. Es una decisión política. Y hoy, la pregunta más importante para México es: ¿seguiremos produciendo exportaciones… o comenzaremos, por fin, a producir futuro?

Javier Treviño en X: @javier_trevino