Un arco triunfal, un estanque con algas y un salón de gala: Trump gasta millones en un Washington a su imagen y semejanza

El presidente de EEUU, con la excusa de los fastos por el 250 aniversario de la independencia de EEUU, está modelando la capital a su mayor gloria y con el estilo tan singular que le caracteriza, combinando dorados con una exaltación neoclásica mezclada con complejos imperiales
Donald Trump es un promotor inmobiliario en jefe. Es incapaz de hacer una comparecencia pública sin hablar de sus obras, ya sea el salón de gala del Ala Este de la Casa Blanca, las fuentes del parque Lafayette, que están enfrente del lado norte de la residencia presidencial, o el arco triunfal de 250 pies que quiere construir —76 metros— entre el monumento a Lincoln y la entrada al cementerio de Arlington.
Pocas cosas le apasionan más que la construcción, como cuando propuso que Gaza fuera la Riviera del Oriente Medio, en pleno genocidio israelí en la Franja, o como cuando hizo que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viajara a su campo de golf en Escocia a firmar la paz arancelaria.
Trump es capaz de hablar cada día de mármoles y de las calidades de sus reformas, cuando en realidad todo tiene un patrón: el manierismo neoclásico nostálgico de los viejos imperios y de sus profundas envidias. El presidente de EEUU quiere un arco del triunfo de 250 pies para hacerlo más alto que el Arco del Triunfo de París, que tiene 160 pies, y redondear la cifra con el aniversario de la independencia de EEUU de este año, si bien aún ni han empezado las obras.
Por ese mismo motivo, la envidia, Trump montó un desfile el 14 de junio de 2025, coincidiendo con su cumpleaños, para emular los que se celebran en París con motivo del 14 de julio.
En este 2026, el desfile, en su mayor gloria, será el 4 de julio y contará hasta con despliegue español. En efecto, el buque escuela Juan Sebastián Elcano llegará a Nueva York para el 4 de julio, día de la fiesta nacional. Y para el desfile de ese día, España participará con dos helicópteros Tigre y un Cougar, cuatro aviones Harrier, dos aviones Eurofighter, dos F-18, un A400 y un A330 Tanker.
Pero el 250 aniversario se está convirtiendo cada vez más en una sucesión de fastos a la mayor gloria de Trump, su agenda ultra y sus valores, retratados en la sangrienta velada de artes marciales del pasado 14 de junio en la Casa Blanca.
Estados Unidos vive, desde su fundación, la paradoja de la libertad entre quienes la disfrutan y los oprimidos —antes esclavizados— que la anhelan; entre quienes pueden pagar un seguro médico y quienes no tienen sanidad en el país más rico del mundo; entre los que ejercen la dominación sobre el resto y quienes la padecen; y entre quienes son multimillonarios y tienen a los políticos en sus bolsillos a través de la financiación de sus campañas y quienes alimentan a sus familias con subsidios.
Pero en los discursos de Trump nunca hay ningún recuerdo ni ningún gesto para ese Estados Unidos. Siempre los hay, en cambio, para las fuentes, el salón de la Casa Blanca o el estanque reflectante, cuya reforma de 16 millones de euros es un fiasco tan grande que el presidente de EEUU no deja de culpar a supuestas acciones de sabotaje que nadie en su Administración es capaz de acreditar. Pero, eso sí, la excusa le da para reforzar el despliegue de la Guardia Nacional en la zona.
Si un elemento definitorio de Trump es su papel como constructor en jefe, también lo es su apuesta por normalizar la presencia de militares en las calles. Y eso es lo que ha conseguido con el despliegue permanente de la Guardia Nacional en Washington DC.

Miembros de la Guardia Nacional observan cómo los empleados del Servicio de Parques Nacionales continúan trabajando en el estanque reflectante del Monumento a Lincoln, en el National Mall, el 25 de junio de 2026 en Washington, DC.
El estanque reflectante junto al monumento a Lincoln se ha convertido en un símbolo de lo que representa Trump: se empeñó en instalar un revestimiento del fondo “azul bandera estadounidense” que ni se ve, hizo los contratos de 16 millones a dedo y a los pocos días de reabrirse tenía las algas de toda la vida, a las que se añadían trozos flotantes de la goma azul del fondo. ¿Y cuál ha sido la respuesta? ¿Pedir explicaciones a las empresas o reclamar una investigación? No, culpar a los wokes. Eso sí, sin prueba alguna.
Desde allí, si se cruza el río Potomac, se llegaría directamente al futuro emplazamiento propuesto para el arco del triunfo de Trump de 20 pisos y adornado con oro.
Aunque envuelto en una batalla judicial, al igual que varios de sus proyectos, el arco ha sido aprobado por una agencia federal cuyos miembros fueron nombrados por Trump, y ya han comenzado los trabajos de topografía en el emplazamiento.
El arco, una vez construido, romperá la línea de visión simbólica diseñada intencionadamente entre Arlington House —que en su día fue el hogar del general confederado Robert E. Lee— y el Monumento a Lincoln, que simbolizó la reunificación de una nación dividida tras la Guerra Civil.
Pero eso a Trump le da igual, o quizá, lo hace así precisamente para interponerse en la línea de visión entre Lee y Lincoln.
La Administración Trump no ha anunciado el coste definitivo del proyecto del arco, aunque algunos medios calculan que podría superar los 100 millones de dólares. Trump sugirió en octubre del año pasado que el arco podría financiarse con el dinero sobrante del proyecto del salón de baile, pero, según The New York Times, los documentos muestran que la Fundación Nacional para las Humanidades, una agencia federal independiente, está reservando 15 millones de dólares para el proyecto. Es probable que el coste total sea mucho mayor. Ya se han concedido 500 000 dólares a una empresa con sede en Oregón para realizar una evaluación medioambiental del emplazamiento.
En efecto, Trump ha prometido sistemáticamente que sus grandes reformas, como la del salón de gala de la Casa Blanca, no le iban a costar un centavo a los contribuyentes porque sería financiado íntegramente por él y por donantes privados como un “regalo” para Estados Unidos.
Incluso ha llegado a decir que está recaudando tanto dinero para su salón de baile que podría utilizar el sobrante para financiar el Arco del Triunfo de 250.
Sin embargo, un análisis del New York Times revela que todas las iniciativas de construcción y renovación de Trump supondrán un gasto significativo para los contribuyentes, de más de mil millones de dólares.
Un desorbitado salón de gala
El epítome del derroche es el salón de gala de la Casa Blanca. Trump derribó, sin previo aviso, el histórico Ala Este de la Casa Blanca sin solicitar permiso al Congreso ni a ningún órgano de control para construir un salón de 8.300 metros cuadrados.
El coste del proyecto del que más presume Trump no ha dejado de aumentar. En un principio, afirmó que costaría 200 millones de dólares. Posteriormente, elevó esa cifra a 300 millones y, más tarde, a 400 millones. Trump ha declarado que el dinero para el proyecto procederá de donantes, pero el Servicio Secreto ha señalado que los contribuyentes deberían sufragar los cientos de millones de dólares que supondrán las mejoras de seguridad asociadas al proyecto.
Las donaciones las recauda la organización sin ánimo de lucro Trust for the National Mall, en una iniciativa liderada por Meredith O’Rourke, una recaudadora de fondos de la campaña de Trump que no es miembro del Gobierno.
El presidente de EEUU ha pedido a los republicanos del Senado que le proporcionen 400 millones de dólares para mejoras de seguridad en el recinto de la Casa Blanca, incluida la construcción de un “enorme” búnker militar bajo el salón de gala que Trump tiene previsto construir.
Ese dinero fue eliminado de un proyecto de ley de gastos, pero la Administración Trump ha transferido más de 350 millones de dólares del presupuesto del Servicio Secreto para sufragar parte de las mejoras de seguridad de la Casa Blanca.
Parte de ese plan de seguridad consiste en una nueva instalación de control de seguridad de 180 millones de dólares que sustituirá a los remolques y las carpas que utiliza actualmente el Servicio Secreto.

Una excavadora trabaja para retirar los escombros tras la demolición del Ala Este de la Casa Blanca, el 23 de octubre de 2025 en Washington, DC.
El ojo que todo lo ve
Durante los últimos meses, las fachadas de varios edificios gubernamentales han ido poblándose de lonas con la cara de Trump, una práctica poco habitual para un presidente estadounidense en ejercicio y una señal muy evidente de su forma de gobernar haciendo omnipresente su nombre y su figura.
En el Departamento del Interior de EEUU, su imagen aparece al mismo nivel que la de George Washington en pancartas similares. A kilómetro y medio de distancia, el rostro de Trump observa con mirada severa desde el edificio del Departamento de Justicia, una muestra evidente del afán de Trump por ejercer poder sobre la agencia encargada de hacer cumplir la ley que en su día lo investigó.

Una pancarta con una imagen del presidente estadounidense, Donald Trump, y el lema Make America Safe Again, en la fachada de la sede del Departamento de Justicia de los Estados Unidos en Washington D. C., Estados Unidos, el 20 de febrero de 2026.
También es un símbolo de la erosión de la apariencia de independencia del Departamento frente al control de la Casa Blanca, mientras el presidente presiona para que se juzgue a sus adversarios políticos.
(Trump) Kennedy Center
Obsesionado con nombrar cosas –de Golfo de México a Golfo de América– y por poner su nombre en todas las cosas posibles, el presidente de EEUU se empeñó con colonizar el John F. Kennedy Center para las Artes Escénicas, conocido durante gran parte de este año como el Donald J. Trump y John F. Kennedy Center.

Un andamio y una lona cubren el nombre del edificio del Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas, el lunes 15 de junio de 2026 en Washington, DC.
El Congreso designó este recinto como monumento viviente a Kennedy en 1964, un año después de su asesinato. Una ley prohíbe explícitamente a su consejo de administración convertir el centro en un monumento conmemorativo dedicado a cualquier otra persona, así como colocar el nombre de otra persona en el exterior del edificio.
Una sentencia judicial acabó por eliminar el nombre de Trump del centro, pero sigue habiendo una lona que oculta el cambio.
Trump también añadió su nombre al Instituto Estadounidense de la Paz, algo inédito para un presidente en ejercicio.
El presidente calculó que las obras de renovación del centro costarán unos 200 millones de dólares. El año pasado, consiguió del Congreso 257 millones de dólares para ayudar a sufragar las reparaciones de capital del edificio.
Trump ha intentado bautizar las instalaciones con su propio nombre, y propuso cerrar el centro a partir del 4 de julio durante dos años para llevar a cabo las obras. Sin embargo, un juez federal ha suspendido el plan de cierre, y el presidente ha declarado que quiere abandonar la idea.