Una alternativa económica al margen del capitalismo
Más allá de funcionar como un establecimiento comercial tradicional, el proyecto conocido como Vendaval opera como una colectividad enfocada en reorganizar los procesos de trabajo y producción. El objetivo central de esta iniciativa consiste en transformar las dinámicas sociales y económicas cotidianas, integrando la actividad productiva con la acción política y comunitaria. Dentro de este esquema, el esfuerzo individual de cada participante se valora al mismo ritmo que la labor colectiva. El modelo cooperativo descansa sobre la premisa de que ningún inversor externo ni patrón posee los medios de producción; por el contrario, toda la infraestructura pertenece al colectivo y se encuentra disponible para el ejercicio laboral comunitario.
Asimismo, el espacio otorga un papel protagónico al trabajo de las mujeres y las disidencias sexogenéricas. Aunque la organización no es un espacio separatista, sino diverso, reúne a personas cuyas edades abarcan desde los 20 hasta los 64 años de edad. Con la finalidad de garantizar entornos políticos donde ellas mantengan un rol activo de expresión, los hombres cis participan en las labores operativas del proyecto, pero no intervienen en los procesos de toma de decisiones.

Raíces universitarias y la inspiración zapatista
El nacimiento de esta propuesta comunitaria se remonta al activismo político desarrollado en el ámbito universitario. Sobre este inicio, Ana Rojas, una de las fundadoras, relata: “Sabíamos mucho, pero no teníamos trabajo, entonces decidimos usar las manos”. De acuerdo con sus integrantes, un grupo de veinteañeros optimistas encontró en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona —el documento político emitido por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)—, combinada con los principios de la educación popular, la chispa necesaria para impulsar iniciativas de carácter autogestivo. La premisa fundamental partía de la convicción de que resulta imposible construir una organización social sólida si las personas carecen de los medios básicos para sostener su propia subsistencia. En este trayecto, el referente zapatista funcionó como un pilar fundamental para aprender a construir comunidad.
El nombre de la organización tampoco responde al azar. Un vendaval alude a una ráfaga intensa de viento que, en el ámbito náutico, proviene específicamente del sur. La metáfora encajaba con precisión en las necesidades del grupo, representando la fuerza y el impulso originados en Chiapas y el sur global, espacios de resistencia y lucha constante. Dicha solidaridad internacional se traduce en acciones concretas; prueba de ello fue la colaboración realizada en julio mediante una rifa de artesanías orientada a recaudar fondos destinados a la construcción de un quirófano del común en la Selva Lacandona.

El pan artesanal como símbolo de resistencia colectiva
La elección de la panadería como oficio tampoco es casualidad histórica. Esta labor tuvo un peso significativo dentro de las agrupaciones anarquistas argentinas, y para el proyecto actual significa una vía directa para apropiarse de los medios de producción mientras se elabora un alimento nutritivo y de consumo cotidiano.
“El pan es un alimento de la resistencia”, explica Ana.
Dicha filosofía se materializa en hogazas concebidas para la convivencia comunitaria, tales como la variante de chimichurri; el llamado pan afortunado, integrado por aceituna negra, pimiento morrón, romero, aceite de oliva y queso parmesano; y el pan mágico, que evoca los sabores de un té chai llevado al horno mediante una mezcla de cardamomo, clavo, canela, jengibre y dátiles. En definitiva, la repostería funciona en este sitio como el pretexto ideal para reunir a las personas, sin dejar de lado la calidad culinaria.
Por: Jaime Vázquez García
