Del rechazo histórico a la fascinación reaccionaria
Durante décadas, el Estado de Israel fue visto con recelo por los movimientos ultranacionalistas europeos, muchos de ellos con raíces directas en el nazismo. Sin embargo, bajo la prolongada gestión de Benjamín Netanyahu, el país experimentó una profunda transformación política que lo catapultó desde el aislamiento ideológico hasta convertirse en el principal faro y laboratorio de la extrema derecha internacional.
Especialistas en la materia señalan que el régimen israelí encarna con precisión quirúrgica las aspiraciones más ambiciosas del espectro reaccionario global. Por un lado, ha consolidado una deriva iliberal y autoritaria que seduce tanto a los extremistas externos como a sectores internos en plena mutación ideológica. Por otro, se ha erigido formalmente como un Estado etnocrático tras la promulgación de la normativa de 2018 que lo define exclusivamente como el hogar nacional del pueblo judío.
“Israel encarna apuestas ideológicas que cautivan a esas extremas derechas: por un lado, bajo el incombustible Netanyahu ha transitado una vía iliberal —e incluso autoritaria— que atrae a los extremistas de fuera y a un sector de la sociedad israelí en vías de fascistización”, apunta el investigador Pablo Stefanoni en su reciente obra analítica.
La metamorfosis de los viejos extremismos
El giro geopolítico quedó patente cuando formaciones políticas europeas de raigambre filonazi comenzaron a tender puentes diplomáticos con Jerusalén. Un hito clave ocurrió en 2010, cuando líderes ultras de diversos países europeos suscribieron la llamada Declaración de Jerusalén, un texto en el que reconocían el derecho del Estado hebreo a la autodefensa y lo encumbraban como la única democracia genuina en Oriente Próximo frente al avance del fundamentalismo islámico.
Esta confluencia de intereses permitió a los partidos radicales de Occidente despojarse paulatinamente de su tradicional estigma antisemita al tiempo que ganaban legitimidad institucional. A cambio, la diplomacia israelí aseguró valiosos apoyos políticos en los foros internacionales para contrarrestar la creciente condena global hacia su política de ocupación y los recurrentes conflictos armados en la región.
La integración se formalizó de manera definitiva cuando el partido gobernante Likud se incorporó como miembro observador a la familia de partidos patrióticos europeos, una alianza que agrupa a formaciones de perfil ultranacionalista en distintos países del continente. Con ello, la afinidad ideológica dejó de mantenerse en un plano discreto para convertirse en una alianza abierta.
La islamofobia como nuevo eje ideológico
El pegamento ideológico que une a estas corrientes políticas descansa hoy sobre un nuevo chivo expiatorio. El tradicional foco de odio contra el judío ha sido relegado a un segundo plano para ceder su lugar a una implacable islamofobia, centrada en la figura del migrante árabe y musulmán como presunto vector de inestabilidad y amenaza civilizatoria para Occidente.
“Las extremas derechas han buscado un chivo expiatorio mucho más eficaz que los judíos: son los árabes e inmigrantes musulmanes”, reflexiona el historiador Enzo Traverso, quien destaca cómo la retórica de choque cultural se ha trasladado con éxito desde el plano militar israelí hacia el debate político europeo y americano.
El uso sistemático de la fuerza militar, la construcción de barreras divisorias, la fragmentación jurídica de la población según su origen y la instauración de jerarquías de ciudadanía conforman un escaparate de medidas coercitivas con las que los movimientos ultras occidentales sueñan replicar en sus propias fronteras.
Un modelo político más allá del liderazgo
Independientemente de la suerte electoral de sus actuales gobernantes, la deriva israelí se mantiene como un referente incombustible para el nacionalismo radical. Las alternativas políticas en el tablero local tampoco cuestionan los cimientos de esta doctrina de seguridad; de hecho, figuras de la oposición provienen de las más altas esferas militares y defienden abiertamente estrategias de respuesta militar desproporcionada y la expansión sostenida de los asentamientos.
De este modo, la nación hebrea consolida su posición como la vanguardia práctica de un nuevo orden reaccionario, demostrando que los métodos de control demográfico y exclusión identitaria resultan altamente seductores para quienes aspiran a transformar los sistemas democráticos liberales desde sus cimientos.
