“Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda.”
Martin Luther King Jr.
“La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda.”
Voltaire
De verdad. Ya estuvo bueno.
Al principio causaba gracia. Después provocó pena ajena. Hoy ya resulta sumamente preocupante. La Suprema Corte de Justicia de la Nación surgida de la elección del acordeón parece empeñada en demostrar que el ridículo también puede ser una forma de ejercer el poder y de impartir “justicia”. Una cosa es cometer un error de vez en cuando; otra muy distinta es convertir la pifia en método de trabajo.
Cada sesión parece una competencia para determinar quién confunde más conceptos, quién explica peor lo que está votando o quién presume con mayor desenfado aquello que desconoce. Y el problema no es solamente estético; ojalá así fuese. Tampoco se reduce a unas cuantas burlas que circulan por redes sociales. La Corte afecta a toda una nación; resuelve asuntos que afectan derechos, libertades, patrimonio público y el funcionamiento entero del Estado mexicano.
En otras palabras, el costo de la ignorancia y la superficialidad es extraordinariamente caro.
Al menos la Corte de Tres Patines servía para arrancar carcajadas y jamás le costó un peso al contribuyente. ¡Pero hoy en día!
Las escenas se acumulan. Ministros que votan en un sentido y minutos después parecen descubrir que estaban en desacuerdo con el proyecto que ellos mismos apoyaron. Explicaciones enredadas. Conceptos jurídicos empleados de manera contradictoria. Terminología procesal utilizada como si las palabras fueran intercambiables. No lo son.
En derecho, las palabras importan mucho. Una sola expresión mal utilizada puede cambiar el alcance de una resolución. Precisamente por eso existen la técnica jurídica, la carrera judicial y años de formación profesional.
Pero en la nueva pedagogía del poder, la ignorancia es lo que se ha democratizado.
La ministra Loretta Ortiz sostuvo, por ejemplo, que los hoteles de playa no dejan pasar a los mexicanos porque son “all inclusive”. No es obligación de un ministro de la Corte dominar el inglés. Sí lo es, en cambio, abstenerse de pontificar sobre aquello que desconoce. Preguntar nunca ha sido una vergüenza. Fingir conocimiento resulta serlo.
Por su parte, Lenia Batres decidió registrar ante el IMPI la expresión “ministra del pueblo“. La paradoja es deliciosa. Se apropia jurídicamente de un concepto que, por definición, ¡debería pertenecer a todos! Incluso el populismo tiene sus contradicciones comerciales. Me canso, ganso…
U otra: la misma ministra celebró públicamente que ya no se requiera una carrera judicial para ser persona juzgadora. Vaya… Tal vez nadie representa mejor esa tesis que ella…
Su confusión al equiparar las controversias constitucionales con una especie de juicio de amparo ilustra bien al tipo de tragedia al que nos enfrentamos. Los amparos protegen a los particulares frente a actos de autoridad; las controversias constitucionales resuelven conflictos entre órganos del Estado. No son lo mismo. Ni remotamente.
Hugo Aguilar tampoco ha escapado a la polémica. Las imágenes en las que una colaboradora le bolea los zapatos mientras él permaneció inmutado produjeron algo más que incomodidad. Resulta difícil reconciliar semejante escena con el discurso de humildad republicana.
Y Arístides Guerrero García terminó leyendo en una intervención un texto generado por la inteligencia artificial de Google. El episodio no tendría mayor importancia en una reunión de oficina o en una charla entre amigos. Adquiere otra dimensión cuando quien lo protagoniza aspira a representar el mayor nivel de conocimiento jurídico de todo un país.
Sin embargo, con toda esta vergüenza, el asunto no son ellos. El verdadero problema es la idea que los hizo posibles.
La noción de que la preparación y el aprendizaje es un lujo elitista. De que el conocimiento es sospechoso. De que la experiencia puede sustituirse con consignas. De que la ignorancia, lejos de ser una limitación, constituye una virtud democrática. ¡Tontos pero iguales!
La tragedia de la Corte del acordeón no consiste en que algunos de sus integrantes se equivoquen. Todos los seres humanos se equivocan. La tragedia es otra. Por primera vez, parece existir un Poder Judicial en el que algunos de sus protagonistas no se avergüenzan de no saber. Al contrario: lo exhiben con orgullo, lo reivindican y hasta lo presentan como una credencial de autenticidad popular.
Y cuando la ignorancia deja de ser un accidente para convertirse en un mérito político, el ridículo ya no es una anécdota. Es una sentencia.