El día en que el cielo de Jamaame se tornó mortal
La mañana transcurría con la aparente tranquilidad habitual en Jamaame, una localidad situada en el sur de Somalia. Los vecinos iniciaban sus actividades cotidianas y los más pequeños regresaban de la escuela coránica cuando el persistente zumbido de aeronaves no tripuladas comenzó a dominar la atmósfera. A las 9:30 horas del 15 de noviembre de 2025, una serie de fuertes detonaciones destrozó la rutina del barrio residencial, reduciendo a escombros numerosas viviendas y una escuela local.
Entre los inmuebles derruidos se encontraba el hogar de la familia de Abdullahi Mohamed Abo Sheikh Ali. Su abuelo, Mohamed, acudió despavorido al lugar de los impactos al enterarse de la explosión. “Había ropa y libros esparcidos por todas partes, pero apenas me fijé en ellos. Estaba paralizado por el shock, frente a los cuerpos de mis nietos. Los habían despedazado”, relata consternado.
El operativo aéreo cobró la vida de al menos 12 civiles, de los cuales ocho eran menores de edad, de acuerdo con las indagaciones periodísticas realizadas por medios internacionales. Entre las víctimas mortales figuraba la nuera de Mohamed, Safiyo Hassan Abukar, quien se encontraba en avanzado estado de gestación, además de varios de sus hijos pequeños que perdieron la vida de forma instantánea bajo los escombros.
Una operación sin precedentes y bajo total opacidad
Este bombardeo se posiciona como la incursión estadounidense más mortífera para la población civil en territorio somalí durante los mandatos de Donald Trump. Los registros indican que hacía 18 años que Estados Unidos no provocaba un número tan elevado de muertes de no combatientes en un solo incidente en esta nación del este africano, superando en impacto a los históricos sucesos registrados en Mogadiscio en 1993.
A pesar de la magnitud de la tragedia, las autoridades norteamericanas jamás han reconocido oficialmente la existencia de víctimas civiles en esta ofensiva. No se ha abierto ninguna investigación formal ni se han depurado responsabilidades. Las fuerzas armadas se limitaron a emitir comunicados indicando que los ataques formaban parte de una estrategia para debilitar al grupo islamista Al-Shabaab, una justificación que choca frontalmente con la realidad descrita por los testigos presenciales.
“En nuestra localidad no había presencia de Al-Shabaab; solo había mujeres, niños y ancianos. Antes de los bombardeos, la vida en Jamaame era tranquila y pacífica”, afirma Marian Haji Abdi Guled, una de las madres afectadas que perdió a varios de sus hijos durante el despliegue de los misiles.
La flexibilización de los protocolos militares
Analistas internacionales apuntan a que el incremento drástico de los ataques aéreos responde a cambios normativos impulsados al inicio del segundo mandato presidencial en Washington. Con la firma de directivas específicas por parte de las altas esferas de defensa, se eliminaron las restricciones que obligaban a consultar con la Casa Blanca cada acción ofensiva, otorgando autonomía a los mandos del Mando de África de Estados Unidos (Africom).
Esta relajación de los controles operativos provocó que el número de bombardeos en la región se multiplicara exponencialmente. Los expertos advierten que la falta de una supervisión rigurosa y la dependencia de informaciones de inteligencia locales poco contrastadas incrementan de manera alarmante el riesgo de errores fatales, dejando a la población civil desprotegida frente a incursiones automatizadas.
“Los estadounidenses no conocen realmente lo que ocurre a una escala tan local. Para algunos somalíes resulta relativamente fácil deshacerse de rivales políticos o de miembros de clanes rivales facilitando información interesada”, sostiene Jethro Norman, investigador del Instituto Danés de Estudios Internacionales (DIIS).
El impacto psicológico y la demanda de justicia
Meses después de los ataques, los habitantes que permanecen en Jamaame continúan conviviendo con el terror persistente de los sobrevuelos constantes. Las familias damnificadas exigen respuestas claras sobre los motivos que convirtieron sus hogares en objetivos militares, así como compensaciones económicas por las pérdidas irreparables sufridas.
“Pido una indemnización por la atrocidad que sufrió nuestra familia. Ni siquiera tengo qué comer”, reclama Maryan Nur Buruji, cuya hijastra embarazada falleció mientras protegía a su hijo pequeño. Por su parte, los sobrevivientes insisten en que la constante presencia de drones armados mantiene a la comunidad sumida en un estado permanente de angustia e inseguridad.
