Nadie se baña dos veces en el mismo río ni prueba dos veces el mismo menú del día.
En el siglo IV antes de Cristo, Teofrasto, filósofo peripatético, botánico curioso y gemólogo antojadizo, destinaba las horas diurnas a la catalogación de plantas, piedras y caracteres humanos. En su breve y compendioso tratado de tipologías morales se encuentran delineadas 30 naturalezas viciosas. Es una lástima que en la Grecia antigua no existieran las fonditas, porque serían ideales para explicar ciertos tipos: en la mesa se conoce al caballero.
El tratado de Teofrasto, Los caracteres, no es un reglamento sino un diagnóstico, resultado de una observación obsesiva puesta en palabras. Charaktēr, griego, significa(ba) “marca” o “cualidad distintiva”. También, posteriormente, “signo de imprenta” (de los cuales yo sólo tengo 2000 y por lo tanto, acelero).
Dice Teofrasto que la rusticidad es la ignorancia de llevar a cabo una actuación indecorosa; el rústico podría ser la persona que, al arribar la jarra de agua, llena únicamente su vaso y bebe hasta terminarlo. Y dice que la asquerosidad es el descuido que resulta molesto a los demás, acaso aquella persona que, tras haber chupado la cuchara servidora, la devuelve a la salsera.
A manera de un tarot de malas costumbres, Teofrasto despliega la lisonja, la desvergüenza, la miseria, la oligarquía —no esa oligarquía; digo, sí, sí esa oligarquía, ansiosa de mandar— y más yerros del espíritu humano. Dice que a algunos sicofantes y lisonjeros les gusta defender a extranjeros de mala reputación; diríase de los que rechazan la comida corrida y en su lugar prefieren la comida rápida a la que las ásperas, desconfiadas y entrometidas llamamos chatarra.
Dice que la jactancia es la ostentación de bienes que no se tienen: los pizarrones que anuncian deliciosidades (pastel azteca, tortitas de coliflor, lasaña) y se olvidan de tacharlas una vez que se han agotado. Dice que la arrogancia es el desprecio de todos, excepto de sí mismo y que el novelero (yo) inventa por capricho un tejido de palabras falsas, opinando allí donde nadie ha pedido y además desde la indolente insolencia de la distancia. Y que la miseria es el hábito de ahorrar en exceso: escatimar hasta las tortillas y los panes… (y los caracteres, que por dispendiosa se me agotaron, y a los que debo atenerme si no quiero quedar como fanfarrona, aduladora, ambiciosa).
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